
“Le di media vida a la Policía y ya no me hace feliz”: el testimonio de un oficial con 22 años de servicio que analiza pedir la baja
Por Rubén Pombo
Vive en Vera, pero presta servicios en Rosario, a casi 500 kilómetros de su hogar, una situación que resume con crudeza el desgaste físico, emocional y económico que atraviesan miles de trabajadores policiales en la provincia.
Molina, de 44 años, relata que salió de su lugar de trabajo cerca de Rafaela a las 7 de la mañana y recién llegó a su casa pasadas las 15:40, tras sufrir demoras por roturas en el transporte. “Vivir lejos del lugar de trabajo, viajar muchas horas, horarios que no convienen, provoca cansancio físico y mental. No estoy del todo bien. Me cansa, me estresa, me agota, me genera angustia”, afirma.
En su mensaje, el efectivo explica que ingresó a la institución en 2004 con las mismas expectativas que miles de jóvenes: estabilidad, vivienda, familia, vacaciones, progreso. Pero reconoce que hoy ese proyecto de vida es prácticamente imposible con un solo sueldo policial.
“Hoy tenés que trabajar muchas horas extras para llegar a fin de mes, o hacer otra cosa, o en la familia tienen que trabajar los dos. Es muy triste como nos han abandonado las personas que tienen que hacer algo por nosotros”.
“Uno da mucho y no recibe nada”
Lejos del discurso anti-policial o del resentimiento, Molina se expresa desde el amor a la institución. Proviene de una familia policial, con padre y tíos en la fuerza, y asegura haber tenido años maravillosos, grandes compañeros y jefes de los que aprendió. Sin embargo, marca una línea clara entre el sentido vocacional y la realidad material.
“Amo la policía, pero hoy ya no me hace feliz. Me genera estrés, angustia. Uno da mucho y no recibe nada, no es recíproco”.
También apunta, con respeto pero sin eufemismos, a la brecha salarial interna:
“Los jefes deben ser los únicos que la pasan bien. Jefes de cobrar tres o cuatro millones el primero de cada mes. Los que cobramos un cuarto de eso, la pasamos mal, pero igual se cumple, se va a laburar”.
La otra cara del “orgullo policial”
Molina pone en palabras algo que rara vez aparece en los discursos oficiales: la salud mental policial, el agotamiento crónico, la tristeza en los rostros de los compañeros que no pueden irse porque dependen exclusivamente del uniforme.
“Veo la tristeza en los ojos de mis compañeros, de vivir cansados, viajar y no les queda otra. Yo por suerte tengo la posibilidad de buscar el mango de otra manera, pero muchos no”.
Por eso, su decisión no es un acto de bronca, sino de cuidado personal:
“Por mi salud física y mental, por volver a sentirme bien, creo que estoy muy cerquita de despedirme de esto”.
No es un caso aislado: es un síntoma
El testimonio de Matías Molina se suma a una larga lista de policías que en los últimos años han pedido la baja, se han retirado anticipadamente o directamente abandonado la fuerza, no por falta de vocación, sino por agotamiento, salarios insuficientes, desarraigo, sobrecarga laboral y falta de reconocimiento real.
Mientras los discursos oficiales siguen hablando de “orgullo”, “compromiso” y “vocación de servicio”, en la práctica miles de efectivos viven:
- Lejos de sus familias.
- Con jornadas interminables.
- Con sueldos que no alcanzan.
- Con estrés, ansiedad y cuadros depresivos silenciados.
La frase final de Molina es tan simple como demoledora:
“Gracias policía por todo lo que me diste… pero esto ya no me es redituable, ya no me hace feliz”.
No hay consignas, no hay gritos, no hay pancartas. Solo un hombre que le dio media vida a la institución y hoy descubre que el costo humano fue demasiado alto.
Y cuando los que se van ya no lo hacen por rebeldía, sino por salud, el problema dejó de ser individual: pasó a ser estructural.


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